Don Bosco y yo


Debo admitir que mi formación religiosa fue bastante cucufata y cumplidora, yo era un católico de misa dominical pero que nunca atendía a los sermones ni a las lecturas. De mi primera comunión solo recuerdo lo fina que era mi túnica y lo rico que estaba el desayuno. De las Semanas Santas, los grandes trozos de pescado que mi mamá freía el Viernes Santo ("porque Cristo ha muerto y no se come carne ")... así mi niñez fue como la de la mayoría de mediocrones "católicos" que pueblan este mundo.

Hasta que hubo un suceso que cambió mi vida, de una sola vez, y (creo) que para siempre. Fue el Miércoles Santo del 2004. Mi familia se acababa de mudar de barrio, y mi mamá, que todos los años en Semana Santa nos llevaba ( a mi padre y a mi )a confesarnos nos dijo: "Este año, se buscarán donde confesarse, ya están grandecitos como para que yo les busque confesor", a lo que mi papá respondió "Yo me confieso en San Isidro, en una parroquia cerca del trabajo", ¿Y yo? -pensé-.

Al día siguiente, me mandaron a la tienda a comprar y la bodeguera me dio un volante  muy llamativo donde decía que en el barrio cercano a mi casa (queda como a 5 cuadras de donde vivíamos): "Miércoles Santo, celebración penitencial 7 p.m.", llegué a mi casa y pregunté a mi tía ¿qué era una celebración penitencial?, ella me dijo que era un momento donde mucha gente se confiesa, entonces me dije a mi mismo "Esta es tu oportunidad"

Tenía 13 años, pero me propinaban cuidados de uno de 10, no salía ni a la esquina sin mis padres o una persona adulta. Sin embargo, aquella noche, me aventuré a salir solo, cruzar las 5 cuadras e ingresar a esa urnita donde había visto el letrero.

En la puerta me topé con un tipo alto, blancón, de lentes, narigón. Vestía un pantalón y una camisa (jamás hubiera imaginado que él era el cura), le pregunté: Señor, ¿Aquí confiesan?, y él sin decirme que él era sacerdote, me respondió que si. Me invitó a pasar y esperar, aseguró que pronto inciarían las confesiones.

Hice eso, me senté en una de las bancas de un cuartito viejo, (que entendía era el templo), minutos más tarde vi como aquel hombre, ingresó, se revistió de los ornamentos sagrados y empezó a confesar. (Oseaaaaaaaaaaaaaa, tuve un shock emocional, no clerisman, no sotana), con algo de temor, pero porfiando en mi suerte (como suelo ser), me acerqué y me confesó.

- Nunca te habia visto por aquí - me preguntó-
- Es que soy nuevo - respondí-
- ¿Vives en Buenos Aires?
- No, en Casa Huerta (era el barrio siguiente)-
- Dime tus pecados. Solté el rollo, me dio la absolución y antes que me vaya me dijo: "Mañana hay misa a las 8 de la noche, te esperamos"
- Padre, no me ha dado mi penitencia - repliqué
- Tu penitencia es no volver a cometer esos pecados - me dijo, y volvió a causar un shock en mi, pues en la anterior parroquia me llenaban de rosarios y padres nuestros, cada vez que me confesaba.

Me retiré del confesionario, una banquita improvisada, y pregunté a un chico que estaba la puerta por el nombre del padre y por qué era tan extraño  "Se llama Humberto Chávez, y es así porque es salesiano", me dijo aquel joven.

¿Salesiano?, jamás había conocido a un cura de esa orden, sabía de los sabios jesuitas, pobres franciscanos y serviciales dominicos, pero de estos ni en chiste - pensé-

El joven me siguió hablando "Esos que ves allá (un grupo de 10 jóvenes que jugaban vóley y básquet en el patio), son novicios.

Eso, fue demasiado para mi. ¿Novicios?, la única vez en mi vida que había visto novicios en mi vida había sido cuando era niño, recordaba a un grupo de chicos, todos vestidos con sotana negra, y rosario entre manos, detrás de su prior. Pero estos, estaban con buzo y zapatillas, jugando alegremente, se reían a carcajadas y corrían tras el balón. Eran, sin duda, otro tipo de religiosos.

Cuando regresaba a casa, me percaté que a la salida había unas letras que decía "Oratorio Salesiano", y supe que había llegado a un sitio especial, no era un templo cualquiera, era un Oratorio.

Regresé a mi casa, entre asombrado y conflictuado, pero así fue como me encontré con Don Bosco, en aquella confesión con el p. Humberto Chávez, en aquellos novicios que jugaban y me invitaron a jugar con ellos, en aquel templo chiquito y pobre, con su patio al que llamaban oratorio.

Y desde aquel Miércoles Santo, me enamoré de Don Bosco y de cómo era la vida salesiana en el oratorio. Empecé a asistir todos los sábados por las tardes, a jugar vóley o fulbito (aún cuando era malísimo para los deportes), aprendí a comer la merienda salesiana: chancay con plátano y chicha, a sentarme junto a un grupo de chicos a oir la catequesis. Me levantaba los domingos para ir a misa de 10, acolitar y luego, seguir jugando.

Por primera vez aprendí lo que era tener un director espiritual, un cura amigo que en verdad me de pistas para seguir la voluntad de Dios.

Estuve en el oratorio todo lo que me restaba de la secundaria, entre juegos, misas alegres, paseos, jornadas, cambiaron al padre Humberto (que se fue junto a los novicios), y pusieron en su lugar al P. Ronny Ayala, me parecía que no me adaptaría al nuevo cura (incluso me quise ir del oratorio)

Pero aunque con distinto estilo, este nuevo sacerdote me demostró que él también era Don Bosco, y me ayudó en un tiempo muy difícil para mi, de elecciones fuertes, se hizo amigo no solo mio sino de mi familia. Recuerdo las largas confesiones con él, pero sobre todo recuerdo una, que me llevaría a tomar una gran decisión.

-Javier, ya vas a terminar quinto- me dijo el padre, a lo que yo asentí - ¿Qué quieres ser?
- Quiero ser abogado- respondí
-Yo no te he preguntado que quieres estudiar - me replicó  y me volvió a hacer la pregunta ¿Qué quieres ser? ¿Cuál es tu misión en el mundo?
Me quedé mudo, no sabía que responder, el padre siguió con el interrogatorio.
- ¿Por qué vienes al oratorio?
- Porque me encuentro con Dios - respondí
- ¿Y por qué no te encuentras con Dios en otra parroquia?
- Porque el estilo del oratorio es único- le objeté

[nótese que aquel año, no tuvimos novicios en Buenos Aires, solo estaba el padre que trataba de darse tiempo para nosotros pero, muchas veces, no le alcanzaba]

-¿Por qué te quedaste en el oratorio?- volvió a preguntarme
-Porque conocí a buenos salesianos, sacerdotes y novicios, que con su carisma me acercaron a Dios - le volví a responder
-¿Y qué es lo que más extrañas del oratorio?
- A los novicios, sin duda - le dije
- ¿Y no has pensado que tu podrías ser uno?

Eso fue como un puñete, ¿Yo cura?, en ese momento no respondí, ni el Padre me preguntó. Pero la interrogante quedó grabada en mi corazón.

Y durante lo que restaba de aquel año, mientras estudiaba (o hacía el ensayo de estudiar), fui madurando la idea de hacerme salesiano, de ser otro Don Bosco para los jóvenes, así como los padres lo habían sido conmigo.

Hasta que llegó el día de tomar una decisión, y creo ( y hasta hoy lo sostengo) que fue de lo mejor que pude decidir, ingresé al aspirantado, tenía miedo, pena de dejar a mi familia, a mi enamorada, a mis amigos, pero era lo que el corazón me decía y lo hice.

Y en aquella casa de Magdalena, comprendí que Dios me amaba demasiado. Me había sacado de mi tierra, de la casa de mis padres, para hacerme ver el mundo (entiéndase que yo era un niño mimado por sus padres, tías y abuelos), aprendí a trapear pisos, lavar mi ropa, hacer el mercado.

Fue la primera vez, que una persona  rompió en cuatro una hoja que yo había escrito porque simplemente no le gustaba. A mi, que todos los años del colegio había ganado el concurso del mejor escritor, una persona (hoy sacerdote salesiano), me la despreció. [Reconozco que quise mandarlo a los mil demonios, pero hoy sé que fue una lección de humildad]

Pero fue en aquella casa salesiana, donde encontré mi verdadera vocación en la vida, la forma como sería feliz, supe que como abogado yo jamás sería bueno, y me enamoré de la docencia (carrera que estudiábamos en el instituto pedagógico), pero sobre todo de escribir, recordé que siempre quise ser escritor, y que Dios me había dado ese talento.

Pero sobre todo, entendí que no debía alejarme de Don Bosco, [esto sonará paradójico pues al poco tiempo saldría de la comunidad] pero así lo entendí yo, mi camino era con Don Bosco pero no como cura, como diría el padre Juan Cagliero, "Fraile o no fraile, yo me quedo con Don Bosco"

Y así lo hice, salí de la congregación, con la frustración de ver el sueño de mi juventud truncado y con el futuro nublado. "Si no soy sacerdote, nunca seré feliz" - pensaba - empecé a estudiar periodismo en la Bausate (sí, la gran Bausate y Meza) y dejé que pase el tiempo.

Hasta que hace poco, entendí que hice bien al no alejarme de la casa de Don Bosco, y que tenía razón al pensar que en la casa de los salesianos encontraría la felicidad, que si bien no era como cura, fue allí mismo donde encontré a la mujer que hoy embellece mis días.

Como ven, Don Bosco ha estado muy presente en mi vida, yo me siento un hijo amadísimo por un padre tan bueno como Juan Bosco, y aunque el párroco de mi parroquia diga que por no ser del mjs no soy de la familia salesiana, yo me sé (y me siento) un salesiano, y sé también, que en aquel sueño donde Don Bosco vio que de los andes manaba leche y esa leche eran luego los jóvenes que poblaban las casas salesianas, él me vio a mi.

¡Viva papá Don Bosco!  Santa fiesta para todos los salesianos de corazón.

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