De padres, hijos y otros demonios…
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| Así lucía el "gaucho" Cisneros / Captura Canal N |
Cuando a uno se le muere alguien, sobre todo si ese
alguien es tu padre, sufres terriblemente la pérdida y más si esa muerte llega
cuando aún eres un adolescente. Yo puedo dar fe de eso, ya que si bien no perdí
a mi padre, si perdí a mis dos abuelitos, a quienes decía “papá”. Cuando tenía
quince años, se murió mi “papá lucho” (mi abuelo paterno), un hombre sencillo,
un poco duro, no muy querendón, pero que tenía esos arrebatos propios de un auténtico
padre; una vez se enteró que estaba enfermo, y no bien lo supo, -cuentan mis
tíos- que salió arrebatado de su casa, y entonces minutos después lo vi
llegando a la mía, en sandalias, absolutamente desaliñado, preocupado porque su
“nieto mayor” estaba en cama, él que siempre le gustaba andar bien vestido,
arreglado, perfumado, se había olvidado de sus costumbres con tal de asegurarse
que lo que padecía (que no era algo más que una gripe) no fuera grave, y no
creyó tal cosa hasta verlo con sus propios ojos.
Años después, el cáncer se llevó a mi “papito Ricardo”,
yo tenía 20, recién había entrado a la universidad y entonces ¡plop!, una vez
más, la pesada carga de la muerte volvía sobre mis espaldas, esta vez se
llevaba a mi abuelo materno, a un hombre cariñosísimo, que siempre tuvo para mi
afecto, ternura, engreimientos, detalles…
Luego de ambas partidas, intenté olvidar momentos de
tanto dolor, hacer como si nunca pasaron, evito –siempre que puedo- hablar de
mis abuelitos, porque solo mencionarlos me provocaba dolor, angustia, pena, ganas
de volverlos a ver, abrazar, besar, decirles que los amo, aunque esto ya no sea
posible.
Sin embargo, luego de leer “La distancia que nos separa”
de Renato Cisneros, me ha provocado exactamente lo contrario, al leer cada una
de las páginas de esta novela, no puedo más que pensar en mis abuelos,
recordarlos, traer a mi mente cada uno de los recuerdos, anécdotas vividas, e
ir más allá, pensar en mi padre, a quien – gracias a Dios- todavía conservo
conmigo.
Como toda gran novela, “La distancia que nos separa”
construye un personaje, y capta todas las atenciones (de los lectores) hacia el
“gaucho” Cisneros, mientras más vamos leyendo la obra, más conocemos a este
hombre, que parece distar de la realidad, cuya figura (tal como la describe
Renato) linda con lo místico, con lo sobrenatural sin dejar de ser el padre que
este escritor intenta presentar.
Y más avanzo en la lectura, no puedo evitar comparar a mi
padre con el “gaucho” y preguntarme si así serán todos los padres de todos los
jóvenes. Si esa es la figura que tienen que cumplir, si ser estrictos,
herméticos, duros en sus correcciones, incomprensibles cuando uno aún es un púber
es la forma como se debe ser padre.
Pero luego me topo, con la imagen del gaucho moribundo,
en una cama del Neoplásicas y Renato en su cabecera, lamentando no haber
aprovechado todo lo que pudo a su padre, lamentando no haberle prestado la
atención que él merecía, lamentando no haberse esforzado más por conocerlo en
vida y me pregunto si yo (y muchos hijos) no estaremos haciendo lo mismo,
subestimando a nuestros padres, olvidando que son tan seres humanos como
nosotros, que –en el fondo- necesitan más atención que nosotros.
Estoy seguro que el gaucho tiene algo de todos los
padres, un poco siquiera, y entonces la novela de Renato termina siendo un
regalo para los hijos, algo así como una advertencia o una exhortación a
valorar y conocer a nuestros padres en vida, porque muertos, tal vez solo nos
quede hacerlo por terceros y volcarlo en una novela que mengue esa sensación de
orfandad, de miseria, de lamento, de dolor que ronda a un hijo cuando pierde a
su padre.

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