La anhelada “primera plana”




Escribir estas líneas me duele, me duele mucho, porque al hacerlo hablo de mi Iglesia amada, de la Iglesia de Cristo, pero lo hago con la seguridad de que Él es verdad y entonces, todo intento humano -aunque imperfecto por la misma naturaleza del hombre- de acercarse a la verdad cuenta con la bendición del Dios que se reconoció a sí mismo “el camino, la verdad y la vida”.

Me refiero a la película “En Primera Plana” (Spotlight), que por estos días está en las carteleras de los cines de Lima, y la que vi el pasado lunes junto a todos mis compañeros de la sección Economía del diario La República. Como ya es clásico entre quienes ejercemos el periodismo, tuvimos que correr con las notas para poder llegar a la función de las 8:30 p.m. y rezar a todos los santos para que no suceda algo extraño, como por ejemplo que el Ministro de Economía renuncie esa noche (lo que al final no sucedió), sorteamos con algo de suerte el tránsito de Lima y por fin, nos ubicamos en una de las butacas de la parte posterior del cine para conocer como un grupo de colegas descubrieron una red de curas pedófilos.

Creo que en un tiempo como el que vivimos en que para los ciudadanos de a pie la credibilidad de los periodistas está venida a menos, conviene que todos vean “En primera plana” para que puedan conocer cómo se gesta el periodismo de verdad, todas las piedras que tienen que sortear los colegas que se proponen cumplir con lo noble de este oficio,…, para que se den cuenta que el periodismo, cuando cumple la función para la cual fue concebido, es capaz de derrocar a un presidente, de provocar la renuncia de un gabinete o, como en este caso, de poner en evidencia las violaciones a los Derechos Humanos que cometió una institución llamada a ser la reserva moral de la humanidad, como lo es la Iglesia.

Siento además que es una clase para todos los que ejercemos el periodismo. Esta gran primicia (algo que anhelamos todos) fue posible gracias a un trabajo conjunto de todos los miembros de esa unidad de investigación (que demostraron ser precisamente eso, una unidad), nadie se guardó “su” fuente, o “su” pepa, sino que la compartieron y construyeron todos juntos esta gran revelación, me parece que esta es la gran enseñanza de esta película de más de dos horas, que el mejor periodismo es el que se hace en equipo, sin tacañerías, pensando más en la historia que en el ego, algo que los reporteros solemos tener muy grande.

Pone, además, en los ojos de todo el mundo y de los propios periodistas, lo que hay detrás de una “primera plana”, el trabajo, el sacrificio, la búsqueda que todos los periodistas de todo el mundo realizamos sin tener en la mayoría de veces reconocimiento alguno y por el contrario, sacrificando a la familia, a los amigos, las noches de fin de semana, o los días de verano en la playa (como yo que escribo estas líneas durante unos días que me tomé “para respirar”). Pero esta gran investigación,  merecía un premio y llegó al Pulitzer y a ser llevada al cine, premio a la gesta de una célula de colegas que nos dejan escuela de cómo se ejerce el periodismo.

Como creyente, como católico, no puedo sino sentir vergüenza de estos sacerdotes que con sus actos mancharon el nombre de Cristo (pues Cristo y su Iglesia son lo mismo) y que además se valieron de la jerarquía para encubrirlos. Y aunque sé que no soy nadie para juzgarlos, pues seguramente mis pecados son mucho mayores a los de ellos, me niego a pensar que mentes retorcidas, capaces de cometer tales atrocidades puedan ser ministros del Dios en el que yo creo, cuya prédica se basa en el amor, en el respeto al cuerpo que es “Templo del Espíritu Santo”.

Quiero dirigirme también a muchos jóvenes y adultos católicos que luego de ver esta película o leer el libro de Pedro Salinas y Paola Ugaz están dudando de su fe, quiero decirles que nuestra fe no se basa en hombres falibles, sino en un Dios que fue capaz de vencer a la muerte. Que así como hay hermanos que, para su desgracia, cometen estos pecados (y deben pagarlos tal como lo dicen las leyes de los hombres), hay otros, muchos, que engrandecen el nombre de nuestro Dios con sus actos y demuestran ser sus enviados, yo conozco a muchos: El P. Hugo de Censi en Áncash, el P. Marino De Para en Puerto Nuevo, viendo la historia también sabemos de Monseñor Romero en Centro América y muchos otros.


He visto la película, he leído el libro, y decido quedarme con Cristo, ojalá ustedes también lo hagan.  

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